“Nunca lo he dicho, pero yo amo al Atlético de Madrid. Este club me salvó la vida y lo amo, tiró un día, ante la sorpresa de todos, Ángel Correa en rueda de prensa. Y fue inesperado y de improvisto, porque el ‘10’ rojiblanco es tan tímido en los micros, como pícaro en el campo. Siempre cuestionado por unos y alabado por otros a partes iguales, su carrera le ha tenido siempre en el disparadero. Los primeros, aquellos que anhelaban en el argentino el sucesor del Kun Agüero, son los mismos que aseguran que angelito solo ha jugado tanto por compartir nacionalidad con el entrenador. Los segundos, los que defienden que Correa siempre cumple, que ha merecido más y que se ha sido injusto con un chico que ha cumplido con creces y sin rechistar durante su década en el club.

Y es que Ángel nunca lo tuvo fácil. Ni en el Atleti, ni en la vida, en general. Sorteó las drogas en su infancia porque sus amigos, viendo que tenía talento para el fútbol, lo alejaron de la mala vida de un barrio de Las Flores que solo es famoso por lo conflictivo. Su padre murió cuando él tenía 10 años y entonces Angelito se tuvo que echar a toda su familia, incluidos sus nueve hermanos, sobre sus hombros con el pequeño sueldo que le daba un apoderado que sería su primer agente. Luego, uno de sus hermanos moriría en circunstancias nunca reveladas. Su pase al Atleti estaría manchado y sería complicado a partes iguales. Primero, porque la justicia dictaminó que un porcentaje de los derechos económicos del jugador los poseía Los Monos, una banda narcotraficante de la zona (cuyo capo, por cierto, luego tendría una relación sentimental con una de las hermanas de Ángel). Aquello, que no salpicaba al Atleti, sino a San Lorenzo, terminó en nada por falta de pruebas. Segundo, porque después de llevar a San Lorenzo a la final de la Libertadores siendo un crio de 18 años, en el reconocimiento médico con el Atleti le descubrirían un problema de corazón.

Los médicos me mintieron para que me operara y no me dijeron lo grave que era

Al principio se pensó que aquello era menor. O eso le dijeron para no asustarle. “A Correa había que salvarle la vida fuera como fuera”, diría el cirujano que lo operó. “No me dijeron lo grave que era y me mintieron para que me operara, admitiría el argentino años después. Ángel solo tenía la preocupación de poder volver a jugar al fútbol, cuando la realidad es que era su vida la que estaba en juego. Y entonces, con 18 años, sin saber mucho de esa vida, se plantó solo en un hospital norteamericano donde le dejaron una cicatriz en el pecho para siempre. Una más. Aquello le mantuvo un año sin ficha en el Atleti, entrenando en solitario sin poder jugar, pero en enero de 2015, solo 4 meses después de la operación, Argentina vendría a salvarle.

Porque entonces, la AFA manejaba unos informes magníficos de aquel chico al que habían apodado La Joya. Sin ir más lejos, en ellos se desprendía que Ángel Correa estaba considerado el sustituto natural de Leo Messi. Por posición, por proyección y por un simple encaje temporal, el máximo organismo argentino calculaba que, tras Rusia 2018, Messi, con 32 años, comenzaría su declive y sería el momento idóneo para que Correa, que entonces tendría 23, recogiera el testigo. Al menos, esa era la hoja de ruta de Grondona y compañía. Y por eso, requerían sacar a Correa de su exilio para que jugara el Sudamericano Sub20. Con los servicios médicos del Atleti a regañadientes y tirándose de los pelos, fue la voluntad y la insistencia del jugador la que casi obligó a ceder al club rojiblanco al chico. Los médicos me dijeron que no era seguro jugar aún y que no estaba listo, pero les convencí y les dije que me haría cargo y responsable de todo lo que pasara con mi salud”. Correa acudió como capitán y volvió de aquella cita con el título y el premio al Mejor Jugador.

Para el curso siguiente, ya en la 2015-16, Correa debutó con el Atleti, con una malísima noticia para él en lo personal: Antoine Griezmann, aquel jugador de banda francés que había firmado el Atleti había explotado como un segundo punta de clase mundial. Tanto, que ese mismo año quedaría en tercer puesto en el Balón de Oro. Hablando en plata: en el puesto de un Correa imberbe de 20 años jugaba el tercer mejor jugador del mundo y alguien que haría carrera como leyenda rojiblanca. Por eso, durante los siguientes años, Correa jugó menos de lo que hubiera hecho en cualquier otro club. Por eso, quizás, tampoco llegó a explotar como ese futbolista que pensaba la AFA (y el mundo del fútbol que le había visto jugar) como un jugador que peleara los mejores títulos individuales. Y por eso, tanto en 2015 como en 2016 y 2017, clubes como el Manchester City y el Liverpool acudieron como locos a su fichaje, cosa que el Atlético no permitió y que él siempre rechazó. Quería dejar huella en el club que le había dado una segunda oportunidad no en lo futbolístico, sino en lo vital. Hipotecó su carrera estelar, cuando aún tenía margen de progresión real, por quedarse en el Atleti a ser un chico para todo para Simeone.

Siempre jugando fuera de posición natural


Se adaptó a la banda derecha durante años. Y no importó que le trajeran especialistas como Vitolo, Gaitán, Gelson o incluso Carrasco, que Ángel siempre se las ingeniaba para, o bien ser titular, o ser el guerrero número 12 de Simeone. Su fortaleza, en unos años donde los rojiblancos contaban casi más jugadores enfermos que sanos, fue su otra gran baza. Para que nos hagamos una idea, el argentino solo se ha perdido 3 partidos (más dos por estar en cuarentena en la época Covid) por lesión en sus 10 años de rojiblanco. Y dos atienden a aquella famosa entrada de Bellingham y al esguince de rodilla del que se recuperó antes de lo normal.


Pero luego salió Griezmann y, en vez de confiar en un jugador que parecía haberse quedado estancado para ser diferencial 60 partidos al año, el club apostó por un Joao Félix que podría acabar en la lista de aquellos jugadores de banda antes mencionados. Porque, a la hora de la verdad, fueron los goles de Correa los que dieron aire al Atleti en las jornadas finales de la famosa Liga sin público de la pandemia, puntín incluido. A Correa se le recuerda por sus servicios. Por ser el suplente perfecto; por no quejarse nunca pese a jugar menos de lo merecido; por apenas haber tenido minutos en su demarcación original, y aun así, haber rendido como el que más; por haber callado cuando ha sido usado como moneda de cambio (un par de veces, aunque la más sonada fue su salida al Milan para hacerle sitio a James). Y siempre dando el máximo pese a las circunstancias.

Por el camino, lidió con la muerte de otro de sus hermanos y con el fallecimiento de su madre tras una larga batalla contra el cáncer, pero también ha echado raíces en Madrid haciendo que sus hijas sean rojiblancas de cuna. Scaloni, sabedor de que Ángel tiene Ángel, se lo llevó a la Copa América y al Mundial para salir campeón en ambos, y también lo hizo en la Finalissima, donde otra vez el corazón le dio una malísima noticia y regresó a quirófano. “Se me abrieron los puntos, se me veía un alambre que tengo, pero no quise decir nada para jugar el partido. El médico me dijo que estaba loco, que si se me llega a infectar…

Ángel Correa siempre quedará en el imaginario colchonero de aquellos que le vieron jugar, pero también de los que solo conocerán de él las estadísticas o lo que le cuente el abuelo o padre de turno. Porque su nombre estará vinculado al del jugador que metió en el último gol del Vicente Calderón allá por 2017, pero también al del sexto jugador con más partidos de la historia de la entidad (469, a uno del top5), que se dice pronto. Porque se va del club con 88 goles y 64 asistencias y, prácticamente todos, han sido cruciales. A saber, 35 de esos goles sirvieron para abrir un marcador de 0-0, pero es que, saliendo desde el banquillo, ha anotado 31 dianas y repartido 27 asistencias. Un agitador de garantías. Ángel siempre necesitó hacer más del doble que los demás para tener la mitad de reconocimiento. Ahora, tras una vida en rojiblanco, hace las maletas, en consenso con Scaloni, buscando tener más regularidad para ganar enteros en su lucha por ir al Mundial 2026 en una posición en la que tendrá altísima competencia. “¿Yo? Enamorado de mis hijas, de mi mujer… Y del Atleti”.