Inadmisible, inaceptable, intolerable, injustificable, vergonzoso... ¿Sigo? Creía que el paso de las horas iba a suavizar el enfado sobre el “partido” que perpetró el Atlético de Madrid en La Cerámica, pero no ha sido así. Cuando un profesional llega al Club Atlético de Madrid debe saber que nunca es tan simple como ganar o perder, siempre y cuando dignifique la camiseta. Y la han pisoteado. Quizás piensen que, al ser el último partido, esto no cuenta en exceso, pero la imagen ha sufrido tales daños que va a ser difícil obviarlo.

Con el tercer puesto en juego —resulta increíble que al Atleti le valiese el empate para conseguirlo y se tomase el partido como si fuese un amistoso incómodo en pleno julio—, Simeone decidió que era buena idea no solo que Hancko jugase de lateral —estando Ruggeri y Julio en el banquillo—, sino dar entrada en el once a Lenglet. Las otras novedades, como la presencia de Musso, la titularidad de Vargas y mantener a Sorloth como suplente pese a la ausencia de Julián, eran lo esperable. Pero lo de Lenglet es un error tan reincidente que ya solo puede resumirse en que la culpa es de quien le pone.

No comenzó mal el Atlético de Madrid, con cierta activación a la hora de presionar y varias combinaciones interesantes, encontrando con frecuencia a Baena por dentro. Pero, tras alguna transición con cierto peligro del Villarreal, con Pepe siendo un quebradero de cabeza para Hancko, el equipo decidió retroceder en vez de ajustar sin perder la proactividad de sus primeros minutos. Tan cierto es que el 1-0 llegó de un penalti totalmente mal interpretado e injustificablemente no corregido por el VAR, como que fue tan vergonzoso lo que vino después que no merece la pena detenerse en ese “penalti” de un Musso que, más allá de esta acción, tuvo su peor noche como rojiblanco.

El equipo ya no es que perdiera el balón, sino que lo hacía mal: excesiva distancia entre líneas, un ataque que pretendía ser incómodo de referenciar por no tener posiciones fijas, pero acabó siendo caótico; sin contundencia a la hora de saltar al duelo, sin sentido de la urgencia para correr hacia atrás... Incluso Llorente se contagió de esta situación. El único que se salvó de la quema fue Marc Pubill: que incluso en un contexto colectivo tan terroríficamente desastroso para un central demostrase esa competitividad, atención al detalle y capacidad para corregir evidencia que haberle encontrado por el camino posiblemente sea el mayor logro de esta temporada. Una pena que su primer gol, que llevaba tiempo mereciendo, fuese intrascendente. Pero, conociéndole, a buen seguro que la temporada que viene será un habitual en los goles a balón parado.

Viendo cuánto lo estaba queriendo el Villarreal en comparación con el Atleti, el 4-1 al descanso era tremendamente grave, pero incluso era peor lo que podría venir a continuación, lo cual se refrendó cuando Ayoze hizo el quinto a los diez minutos del segundo tiempo. La derrota ya era sonrojante e histórica, pero el Villarreal frenó su ímpetu ofensivo a la par que el Atleti mejoró con la entrada de Morcillo y Boñar. Previamente habían entrado al descanso Sorloth, Ruggeri y Puric.

Cuando hay una derrota de tales dimensiones, las culpas han de ir repartidas, pero es evidente que Simeone tiene un problema gravísimo con sus planteamientos fuera de casa. El camino en Copa y Champions, pese a lo agridulce del final, ha permitido digerir de mejor manera los habituales ridículos ligueros. Pero, sinceramente, la temporada del Atleti no merecía ese tercer puesto liguero.

Ahora toca una profunda reflexión a tres bandas. La directiva debe entender que esta irregularidad competitiva, que crece con el paso de las temporadas, es un mensaje urgente de que el Atleti debe fichar más y mejor. El cuerpo técnico debe afrontar la temporada que viene con la urgencia de que la imagen que muestra el Atleti en el día a día es intolerable: el equipo tiene muy pocos argumentos propios, de autor, y eso hace que, en esos días donde no hay un extra motivacional —que son muchos en una temporada—, las carencias se evidencien. Y, evidentemente, más allá de que hay jugadores que no deben volver a vestir la rojiblanca, es intolerable la comodidad mal entendida que hay en gran parte de la plantilla.

Pongan los porcentajes de culpa a su gusto, pero el resultado solo debe tener una respuesta: el Atlético de Madrid no puede permitirse hacer una Liga tan vergonzosa. EXIGENCIA.