Me gusta empezar las crónicas intentando presentar el partido asociándolo a alguna historia que se salga un poco de lo estrictamente futbolístico. Sinceramente, en este caso no me veo capacitado, porque ya estoy agotando los segundos de aguante para gritar esto que me apetece decir: «no todo vale, y menos si vistes la camiseta del Atlético de Madrid».

Es justificable perder…, pero nunca de una manera en la que ensucies una camiseta que tiene tanto significado.

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Aquí no vais a encontrar críticas a las masivas rotaciones con las que afrontó Simeone el partido en Butarque. Si unes el tremendo desgaste físico del encuentro ante el Barcelona, la nula distancia entre partidos y tener que afrontar la UCL en tres días, era prácticamente obligatorio que uno de estos partidos tuviese este número de rotaciones. Y, evidentemente, tenía que ser el choque contra el Rayo Vallecano.

La teórica «unidad B» tenía ante sí la oportunidad de ponerle difícil a Simeone no elegirles en los siguientes envites importantes, como la eliminatoria ante el Brujas o la vuelta de semifinales de la Copa del Rey ante el Barcelona. Es evidente que el Atleti, en el día a día liguero, es un equipo con un funcionamiento impropio de lo que debería ser. Simeone, una absoluta garantía en eliminatorias, no está siendo precisamente una ventaja para que el equipo funcione en Liga. Pero hay situaciones que deberían ir intrínsecas en jugadores de élite y presuntamente competitivos, de las que no hubo ni rastro ante un equipo que se jugaba la vida.

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Especialmente decepcionante fue ver que jugadores como Johnny, Baena o Sorloth, que con poco ya tienen la prueba de que pueden entrar en el plan inicial de Simeone en partidos importantes, se tomasen el encuentro como un castigo en vez de como una oportunidad. Porque hay jugadores a los que no les da y ya lo tenemos comprobado, como puede ser el caso de Lenglet o un Nico al que no se le puede reprochar actitud, más allá de que su falta de aptitudes ofensivas esté siendo alarmantemente sangrante.

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Hasta el minuto 30 estaba siendo un partido parejo, pero con alguna posesión del Atleti interesante, sobre todo cuando intervenían en las subidas un óptimo Nahuel y un Almada que sí quiso marcar diferencias en campo contrario, pero no encontró ningún socio al que agarrarse. Pero desde ese ecuador de la primera parte, cuando el Rayo empezó a jugar «a vida o muerte» y elevó al máximo su intensidad en la presión alta, en los duelos, en su ritmo combinativo, etc., el Atleti desapareció por completo del partido, evidenciándose al máximo lo que sí quiso un equipo y lo que no quiso el otro.

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No podía faltar en el segundo tiempo el enésimo caos táctico de Simeone con los cambios. Del triple cambio en el minuto 55 a gastarlos en el minuto 63, pasando en ocho minutos de un sistema táctico a otro, con Nico de carrilero/extremo derecho para terminar el encuentro como lateral izquierdo en defensa clásica. Suspendieron los revulsivos (Lookman, Julián, Le Normand y Vargas) salvo Llorente, que no entiende de partidos de Liga, Copa o Champions, solo de profesionalidad, competitividad y respeto a unos colores que en su momento no conocía... y ha acabado conociéndolos y respetándolos más que la inmensa mayoría.

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De dar prioridad a la Copa y/o a la Champions a manchar lo que representas en Liga hay un océano de distancia llamado «respeto». Recalcamos: hay maneras de perder y, por desgracia, todos tenemos asumida cuál es la actual situación liguera del equipo, pero esta imagen es injustificable y no hay que tener temor a decirlo, pese a venir de uno de los mejores partidos de la historia reciente del Atlético de Madrid.