La primera parada del nuevo curso liguero en Cornellà supuso una nueva derrota a domicilio. Otro partido lejos del Metropolitano donde el Atlético de Madrid rubrica una acción de caridad regalando puntos, en el que exhibe una alarmante fragilidad defensiva que sería impropia en los tiempos más reconocibles de Simeone, donde varios jugadores vuelven a salir señalados y en el que el carrusel de cambios desde el banquillo, casi ya automatizados y por decreto, tiene una incidencia negativa en el transcurso del encuentro. ¿Más de lo mismo?

Sí y no. No se le puede negar al conjunto rojiblanco firmar en el RCDE Stadium una hora de partido soberbia, en la que los nuevos (cinco de los siete arrancando de inicio, con la salvedad de Marc Pubill y de ‘Jack’ Raspadori) sacaron lustre y brillo a un equipo que emite señales de tener los mismos malos vicios con la vieja guardia. Hay en ocasiones que los árboles no permiten ver el bosque. Y en medio del estruendoso ruido de la derrota, hay claros a los que agarrarse para pensar en que el cambio de tendencia y el nuevo Atleti es una realidad que tan solo necesita tiempo y forma.

Haciendo un ejercicio de fe para dejar al lado el catastrofismo que genera una derrota inesperada, concebida en pequeños detalles desde los errores individuales como la dimisión de funciones de Raspadori en la defensa de un balón parado (1-1 de Miguel Rubio) o la negativa de Griezmann en ir a tapar un centro en el que Omar el Hilali tuvo todo el tiempo del mundo para controlar, levantar la cabeza y cargar el área (2-1 de Pere Milla, con la inestimable colaboración de Robin Le Normand y Jan Oblak), la imagen que dejaron tanto Thiago Almada como Álex Baena en su debut liguero invitan al optimismo. Se apoderaron del balón, marcaron el ritmo del juego e inyectaron las dosis de energía que le permitiese ser un equipo fluido con la pelota en posesión.

Y es que los mejores minutos de los rojiblancos en Barcelona coinciden con ambos sobre el césped. Su primera aparición juntos en partido oficial vislumbró a dos tipos capaces de coser los retales de un equipo que se resquebraja con facilidad, tan cómodo en ese ritmo bajo, simplón y con tanta tendencia a que pasen los minutos sin que precisamente pase absolutamente nada. Entre el argentino (2) y el roquetero (4) sumaron seis ocasiones de gol creadas. El camino de la renovación hacia un fútbol más vistoso y propositivo se encamina con ellos en el campo.

En sintonía

Una de las dudas que generaba el Espanyol como rival en la previa era si el Atleti iba a tener la iniciativa de ser valiente como visitante, ir a por el partido desde el minuto uno y tener la capacidad de desarmar bloques bajos cuando su rival decida encerrarse para capear el temporal. Problemas reconocibles que ya tuvo el curso pasado y a los que Simeone no encontró la manera de meter mano durante todo el año. Le costó poco más de un cuarto de hora en hacerlo y lo hizo precisamente con Julián, Baena y Almada asociándose en espacios reducidos.

Lejos de molestarse por ocupar zonas similares, el Atlético de Madrid demostró con ellos precisamente una armonía y un juego coral que hacía mucho tiempo que no se le veía. Y lo logró a través de la movilidad de sus piezas, consiguiendo que en ningún momento se pisasen entre sí. La presencia de Johnny Cardoso en el centro del campo, abriéndose ligeramente Hancko al flanco izquierdo, soltó a Conor Gallagher hacia delante y liberó toda la banda para que Matteo Ruggeri cogiese la suficiente altura que permitiese conectar por el pasillo central a Thiago Almada con Álex Baena y Julián Alvarez, formando por momentos una especie de 2-2 que le daba mucha fluidez para combinar pases y cambiar el juego de lado en caso de querer darle amplitud.

El Atleti se orquestó con esa estructura, la que le llevó a ser dominante, a controlar el juego y a firmar secuencias de pases en corto que le hizo volar cerca del último tercio rival. En ese sentido, la red de combinación de pases nos muestra que Baena fue el segundo jugador al que más pases dio Almada (8, los mismos que con Ruggeri y uno menos que con Johnny Cardoso) al mismo tiempo que el andaluz encontró en el argentino a su mejor socio (ocho pases, su registro de combinación más alto).

Derrumbe

Ese plan de juego encontró una continuidad tras el descanso. Aunque la salida del campo de Johnny Cardoso tuvo un impacto que terminó por acusar el cuadro colchonero, la entrada de Pablo Barrios al tablero de juego invita a pensar que el equipo va a potenciar esa fluidez y esas sinergias de las que tanto venimos hablando. La presencia del canterano mejoró más si cabe el control del juego, añadió un nuevo buen pie y le permitió mirar hacia delante exhibiendo virtudes como el regate o la conducción progresiva. Muestra de esto es la jugada que resuelve Julián Alvarez con un disparo al palo, situaciones que el Atleti no debe perdonar si se maneja precisamente en resultados tan cortos como el de ayer.

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La rotación de cambios de Simeone a veinte minutos para el final, con el partido abierto y sin sentenciar, fue un disparo en el pie que el Atleti no pudo sortear. Al Espanyol se le aclaró el rumbo y las ideas sin Almada ni Baena en el campo, pasando de tener problemas en sortear la presión alta que ejercían a encontrar autopistas completas por el escaso trabajo defensivo y de repliegue de Griezmann y de Raspadori, las dos cartas que decidió jugarse el 'Cholo'.

El impacto que generan Baena y Almada en el juego resonó aún con más fuerza desde que Simeone prescindió de ellos

El desplome coincide precisamente con su salida. Y no es una mera casualidad ni un mérito directo del rival, que sí demostró valentía, personalidad y una mejor lectura de la situación por parte de Manolo González. Los rojiblancos pasaron de jugar y correr con balón a hacerlo sin él. A llegar tarde a las ayudas, esas que tanto agradeció Ruggeri con Hancko por detrás y Almada por delante. A no encontrar una continuidad en el juego. A verse cada vez más superado en numerosos contextos del juego. En definitiva, a derrumbarse poco a poco hasta cortocircuitar sin remedio.